La carga de la Diva

Las aventuras y desventuras de la Diosa Odiosa, vida de milagro, y otras historias de The Eclectic Library...

domingo, agosto 28, 2005

Persona non grata

El sábado suele ser el día que se desbaratan todas las piezas de mi puzzle. Supongo que es por las expectativas que ese día siempre despierta y que nunca se ven satisfechas. Igual porque, de repente, me invade el espíritu de la Diosa Odiosa y me dejo llevar por el personaje, hasta que paro un segundo a tomar aire y entonces vuelvo a ser yo y ya no es tan divertido.
Como Dolly Levi en "Hello, Dolly!", entrando en el restaurante y saludando a todo el mundo mientras todos se acercan a ella. Así cruza la Diosa Odiosa la noche del sábado.
Resulta sorprendente la de molestias que tienes que tomarte para aparentar un aspecto descuidado. Como el viernes iba de camisa y corbata, el sábado tocaba algo diferente, como un buen escote. La verdad no me apetecía mucho arreglarme y apenas me peiné. Últimamente me estoy abandonando un poco, supongo que porque empiezo a cansarme de tanto teatro.
Di vueltas como siempre por la ruta habitual y cada vez que cambiaba de sitio tropezaba con alguien que me hacía detenerme. No me gusta nada que me paren cuando voy andando. Siento que me corta el flujo de energía que me transporta de un lugar a otro. Pero a veces no me queda más remedio, una se debe a sus fans. Nunca he entendido que ven en mí, la verdad. Del mismo modo que mi ausencia de éxito entre las lesbianas del ambiente es un misterio, igual lo es el continuo triunfo entre los varones de dicha comunidad. Supongo que es porque me ven atrevida, extraña, independiente. Igual es que me ven muy maricón y eso, siendo una mujer, es bastante característico. El caso es que no necesito hacer nada, no tengo que ser amable, ni prestarles atención. Es más, cuanto peor les trato, cuanto más les desprecio y más condescendientemente les hablo, más parecen desear mi compañía. A veces es bueno para el ego que tanta gente te preste atención pero normalmente suele ser una molestia agotadora.
Me crucé con el Nen por la calle. El mismo aspecto descuidado de perdedor. Parecía alegrarse de verme, aunque hacía meses que no sabíamos nada el uno del otro. Me decía que estaba trabajando de dj en un after dos días por semana. Quería que fuera a verle y me pidió el teléfono para quedar algún día. Le dí una tarjeta con mi número pero sé que no voy a quedar con él. Esas cosas se saben. Me hacía gracia acordarme de cómo durante un tiempo lo acogí bajo mi velo protector, un poco porque tonteaba con su amiga (con la que sí me acabé liando pero no me acosté por mi fobia a las vírgenes) y un poco porque su inocencia me inspiraba ternura. Pero me acabé aburriendo de hacerle de hermana mayor y nos fuimos distanciando. Todavía le deseo cosas buenas.
Correteando por la calle con un trajín que ni de lejos necesito, acabé en La Goulue y me encontré, como no, a la chica del D54 que me da vergüenza saludar. Ni me miró, claro y yo salí a toda velocidad a la calle porque sonaba mi móvil. Recogí a mi prima y a su amigo y fuimos a reunirnos con el Vizconde Blazz, que nos esperaba en Deseo.
Leo en internet (la verdad es que no lo sabía aunque recuerdo que alguien me comentara alguna cosa) que La Goulue era una bailarina del Moulin Rouge, escandalosa y desmedida, a la que llamaban "la goulue" (la glotona) por su voraz apetito sexual. Alcohólica y obesa, murió completamente arruinada y sola.
Llegamos a ADN con pocas ganas de estar allí y mucho calor. No habíamos encontrado al dealer habitual y con apenas dos copas no conseguíamos coger la marcha del sábado. En ADN no tengo muchos fans, es más, diría que todo lo contrario. Allí se nota que estoy fuera de lugar y el espejo del fondo se burla de mí todo el tiempo. Aún recuerdo cuando en la puerta, en la fiesta de cumpleaños de la Casadísima, esta se empeñó en liarse conmigo a toda costa, justo delante de todos mis compañeros de clase y a pesar de mis negativas su insistencia obscena consiguió hacerme dudar. Tonteamos durante años pero nunca pasó nada y siempre me arrepentí. Hace un par de años que está felizmente casada con alguien que no se parece en nada a mí y que ha acabado convirtiéndola en una mujer de bien. En ADN, me divertía sonrojando a My snuggle bunny cuando aún me quedaban ganas de ser traviesa. También allí se divertían a mi costa un grupo de chicas malas que me encerraban en el baño y me quitaban las gafas y me hacían irme a casa llorando casi todos los días. Si lo intentaran ahora, las destrozaría. Lo que cambia la gente en cinco años...
Aún no me había recuperado del shock de encontrarme al Nen cuando me dí cuenta de quién era el tipo que estaba bailando delante de nosotros. El echador de cartas caradura con el que por desgracia han salido dos de mis amigos. Un auténtico y genuino canalla, en el peor sentido de la palabra. Y aún recuerdo como me hice amiga de los que ahora son sus ex y de la noche en la que me quiso partir la cara por defender al Nen. Freaks de la noche...
Y ya me hacía a la idea de que era una noche rara cuando apareció la persona a la que más he llamado por teléfono este verano. Y digo llamado y no hablado porque nunca lo coje. Y todo por treinta y cinco euros miserables que le presté una noche, justo el fin de semana antes de lesionarme la mano. Me habría bastado con un simple sms diciéndome que no podía devolvérmelos. Sí, me conformaría con que hubiera dado la cara. Si me los hubiera devuelto en el plazo acordado, probablemente me los habría gastado en invitarle. Al final, me los he gastado en teléfono, intentando conseguir que me los devuelva. Cuando se acercó a mí, unas semanas después del préstamo, fingió que había acudido allí a devolvérmelo, sin embargo, se limitó a mencionarlo y a gastárselos en mis narices. Cuando se acercó a mí anoche lo primero que hizo fue pedirme que no le pegase. ¡Como si yo fuera por ahí dando golpes a la gente! Luego las excusas de siempre, que le daba tanta vergüenza encontrarse conmigo que estaba a punto de llorar, que no ha podido pagarme antes porque estaba sin trabajo pero que en cuanto cobre el jueves me lo va a dar, que no ha podido avisarme antes porque no tenía dinero ni para enviarme un sms desde una cabina, que su jefa estaba de fiesta con ella y que le había pedido que se los adelantase si me veía pero que no llevaba más que veinte euros encima... bla, bla, bla... Entre frase y frase se lanzaba sobre mí y me abrazaba. Y yo, con los brazos cruzados y la ceja levantada. Supongo que no me devolverá el dinero. Me reía con el Vizconde Blazz pensando que si alguna vez me los devuelve, debería partir los billetes en pedazos en su cara sólo para demostrarle lo poco que me importa el dinero. Todo un gran gesto, tan típico de mí. Pero el Vizconde Blazz insiste en que me trague el orgullo y, si consigo recuperar mi dinero, disfrute de él y me lo gaste en algo necesario (como emborracharme para olvidar que todas las lesbianas del ambiente se ríen de mí).
En el D54 estaba tan pendiente de que estuvieran bien mi prima y su amigo que no tuve tiempo de plantearme si yo lo estaba. Estaba allí la chica que me da vergüenza saludar y tras una breve compra al dealer local y muchos muchos verdes que aún no hacían efecto, me acerqué a ella para confesarle que el motivo por el cual no le saludaba era porque me daba vergüenza. Me abrazó y me dio dos besos, dos veces. Luego me dijo, entre risas, que yo no tengo vergüenza. Yo me limité a decirle que ella no me conocía. Me estaba sonrojando y ella me lanzó una sonrisa de las que derriten icebergs. Me escapé lejos, lejos...
Después fui a acompañar a mi prima y a su amigo al coche y a la vuelta, me quedé en la puerta con la Alternativa y sus amigos, hablando de nada. A la Alternativa le gusta sonrojarme. El día del Orgullo me dio un beso sólo para avergonzarme. Para ella estas cosas no significan nada. Ahora ha tomado la costumbre de darme una palmada en el culo cada vez que pasa por mi lado. Sólo para ver cómo salto. Como llevaba escote, empezó a hacer el amago de intentar meter la mano en el canalillo y cuanto más me apartaba, más insistía. Estaba jugando y se divertía. A mi no me hizo mucha gracia. Al final, me metió entre los senos la ficha de guardarropía y yo la cogí y me la metí en el bolsillo. Entonces saltó sobre mí e intentó quitármela. He de aclarar que yo no le llego ni a los hombros, así que poco podía hacer yo para zafarme. Al final opté por echar a correr hacia la discoteca.
Estuve de risas un rato con mis ositos. La Profe me dijo que se me notaba demasiado el día anterior que estaba de bajón. Yo me excusé diciendo que iba ciega, pero ella me dijo que no, que no era ciego sino bajón. Acabé dándole esta dirección para que pudiera leer por ella misma a qué se deben mis continuos cambios de humor. Por lo visto le confunde que a veces sea amable con ella y otras pase de largo.
Acabé devolviéndole la ficha de guardarropía a la Alternativa. Como no, volvió a tocarme el culo. Me fastidia que jueguen así conmigo, porque yo no ando metiéndole mano a la gente sólo para ridiculizarles.
La chica a la que me da vergüenza saludar salía del D54 cuando yo estaba en la puerta. Le saludé desde lejos y me sonrió. Le hice un gesto para que se acercara y negó con la cabeza. Supongo que la próxima vez me dará más vergüenza todavía cuando la vea. Me fastidia dar lástima.
El Vizconde Blazz y yo caminamos hasta llegar a casa. Aproveché mi racha de insomnio para cambiar las sábanas de mi cama y cenar algo (¿cenar a las ocho de la mañana?). Me dí una ducha fría para librarme de los restos de la noche. No era precisamente polvo de estrellas lo que me cubría, sino una turbia y espesa capa de agotamiento, vergüenza y frustración.
Al acostarme pensé en ella y en lo estúpida que he sido al volver a abrirle la puerta. Pensé en lo fácil que le resulta salirse con la suya y en lo mucho que me están perturbando estas últimas conversaciones con ella. Intenté llamarle para decirle que no quería seguir hablando con ella, que no podía verle, que cancelaba la cita que teníamos concertada para el mes próximo. Al no dar con ella le envié un e-mail de dos frases. Y traté de dormir un poco.
Ella me llamó por teléfono. Contesté porque ni miré la pantalla del móvil. Parecía bastante afectada por mi repentino cambio de actitud. Estuvimos casi tres horas al teléfono. Aclarando cosas, sentando las bases de lo que las dos suponemos que es esto. Me pide que lo intente, que le de una oportunidad a nuestra amistad. Me asegura que es importante para ella. Y yo trato de dejarle muy clara mi posición para que entienda porque estoy huyendo. Pero no me deja. Y yo cedo, como siempre...
 

Kontuz Kotzebue escribe para The Eclectic Library

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